Malen Ergozian

La bestia aguardaba por mi regreso, cuando la puerta del sótano se cerró.

Mi Nombre es Malen Ergozian, soy el tipo de persona al que se debe contratar cuando es necesario realizar un trabajo... digamos desagradable.

Por supuesto que cumplo las tareas asignadas con mucha discreción y elegancia, y aunque mi nombre nunca será famoso, mis trabajos ciertamente son merecedores de reconocimiento, y es por eso que tal vez siempre encuentro algún ricachón con necesidad de mis servicios.

Pero esto cambio luego de una nefasta experiencia en el que mi destino, y la definición de lo que yo entendía como la realidad, cambiaron para siempre. 

Todo comenzó en la noche anterior a nuestra llegada al pueblo de Geenao. 

Mi compañero, a quien solo conocí con el nombre de Chamah, un sobreviviente de la antigua civilizción Ma'tze, me ayudo a montar el campamento mientras yo colocaba algunas trampas alrededor de nuestra tienda. Esos bosques solían ser transitados por trolls nocturnos, y ciertamente no estaba de humor para lidiar con esos imbéciles gigantes musgosos.

Me recosté al costado de la fogata, donde el sueño no tardó en encontrarme. Chamah montó guardia como era su costumbre. A decir verdad, no recuerdo haberlo visto dormir en todos nuestros viajes.

La plaga completó su primer ciclo.

La sala estaba oscura, y a juzgar por el eco que producían mis pasos, debía tratarse de un salón muy amplio.

Una larga alfombra marcaba mi camino, a los costados largas banquetas de roble y en las paredes altos y coloridos ventanales que dejaban pasar algo de luz. En algunos de ellos podía reconocer imágenes de los Campeones de Dmohn luchando contra terribles demonios de los tiempos de Ya’al. Otros representaban la creación del mar y la tierra.

De pronto, un ruido irrumpió el silencio. No sonaba como algo humano, animal o siquiera natural. Quizás podría describirse como el aullido psicodélico de un insecto agonizando, seguido de unos apresurado golpeteo retumbando en todas direcciones. Un horror opresivo paralizó mi corazón, como si supiera exactamente de que se trataba al escucharlo por primera vez.

Con el mayor sigilo posible, me acerque a un pasillo lateral de donde parecía provenir esos sonidos.

Un hombre encapuchado, con túnica verde azulada, parecía intentar esconderse detrás de una estatua, cuando de golpe una sombra lo cubrió y tan solo un instante después, desaparecieron.

En ese momento mis nervios colapsaron. Huí a toda velocidad hacia el sótano en busca de ayuda. Cruce la sala principal en dirección a la escalera trasera, asombrado por la facilidad con que parecía encontrar mi camino.

Di con una enorme puerta de marfil cerrada. Sus aberturas emanaban un espantoso y nauseabundo olor de podredumbre y muerte que me impacto con potencia espantosa. A punto tal que comencé a perder el equilibrio. Detrás de la puerta podía escuchar un grupo de monjes entonando el ritual del la Luna de Hierro.

A mis espaldas, me acechaban los escalofriantes pasos de una atrocidad de tiempos inmemorables, aproximándose más y más a cada segundo, como si supiera exactamente donde encontrarme.

Comencé a gritar y golpear la puerta, pero el ritual continuaba su ciclo de forma ininterrumpida mientras mi desesperación se intensificaba con cada latido de mi corazón.

Un grito marcó el fin a la esperanza.

Los cánticos cesaron al mismo tiempo que pude escuchar con toda claridad, como los cuerpos de los monjes eran desgarrados y descuartizados con una feroz violencia.

Aún petrificado del miedo, me quedé mirando la gigante puerta completamente absorbido por el silencio infinito y el hedor a putrefacción que parecía implantarse en todo mi cuerpo.

La puerta comenzó a abrirse, y sin pensarlo, salí corriendo desesperado, mientras la descomposición parecía inundar toda la capilla.

Logre llegar a la salida donde tropecé con el cadáver de Ingris, el guardián de la puerta. Su cabeza yacía a varios metros de distancia del resto de su cuerpo y su frente parecía haber sido perforada por una estaca.

Fue entonces cuando la vi.

La bestia portaba unos 3 metros de altura. Estaba cubierta de negras escamas con tentáculos que terminaban en espinas en lugar de brazos. Varios pies similares a los insectos. Una cabeza alargada con ojos diminutos y una boca gigante repleta de siniestros dientes.

El pánico me absorbió a tal punto, que que no me atreví a parpadear por temor a provocar algún ataque. El tiempo parecía haberse detenido mientras nos mirábamos el uno al otro, estáticos, inmutables, en contemplación infinita. 

Quizás fueron horas, días, o solo unos segundos, cuando una extraña luz fluorescente comenzó a irradiar desde el interior del santuario, daba la impresión de lastimar a la criatura que comenzó, lentamente, a tomar distancia del Templo.

Sin pensarlo dos veces, aproveché esa oportunidad para escapar. Atravesé el pueblo por sus laberínticas calles, sin notar presencia alguna. Podía escuchar, a lo lejos y en distintas direcciones, ásperos graznidos, y pataleos atropellados que ciertamente no asemejaban al ruido de pasos.

Las luces de las calles estaban apagadas, algo que es habitual en las poblaciones rurales de la periferia, por suerte sabía orientarme en la oscuridad. Caminé de prisa, pero con cautela, pegado a las fachadas ruinosas. Aproveché un portal abierto para esconderme, al notar que algo se aproximaba.  Momentos después, pude ver dos sombras tenebrosas en dirección al norte. Una vez seguro de que ya no podrían verme, continue escapando bajo la protección de las sombras. Mientras observaba las ruinosas y fantasmales casas de un barrio devastado y agotado.

Perdí la cuenta del tiempo que estuve transitando de calle en calle, hasta que finalmente encontré una salida que libraba el paso a un imponente arboleda. Verifiqué que nada me siguiera el paso. El viejo pueblo resplandecía espectral a la luz de la luna, pero por suerte y para mi tranquilidad, no se veía ni oía movimiento alguno.

Me adentré a lo profundo del bosque, con la esperanza de que su helada oscuridad me sirviera de refugio. Encontré una pequeña cueva debajo de un árbol que utilicé para esconderme, y esperar… De rodillas y con ambos brazos envolviendo mis piernas… Espere. El vacío inmortal, la muerte de los sentidos, el renacimiento de la ilusión, espere... Que todo pasara, que nada pasara... Espere.

Me despertaron los suaves rayos del sol. Me encontraba en medio de unos matorrales completamente empapado en sudor. Chamah estaba sentado en una gran roca unos metros mas adelante, mirándome fijo, como si supiera exactamente que había soñado.

No hablamos durante toda la mañana.

Luego de un ligero desayuno, levantamos campamento y reanudamos nuestro viaje.

El pueblo de Geenao yacía estático a la espera de su funeral.

Se trataba de un centro rural algo extenso, de casas apretadas y desprovisto de signos de vida. Apenas podía notarse el movimiento de sus habitantes entre sus desolados callejones. Un elevado campanario sobresalía firme y leproso por encima de un mar de tejados estropeados, se trataba del Monasterio local, perteneciente al Culto Dmohn, “El único Dios Verdadero” como lo llaman ahora. Una doctrina algo reciente que esta ganando un alarmante crecimiento en toda la nación, mientras los antiguos dioses parecen ser olvidados.

El sol golpeaba en lo alto del cielo cuando nos adentramos por las estrechas calles embarradas de la aldea, los olores a especias, quesos, y pescado nos anunciaban que estábamos cerca al mercado, donde debíamos hacer una parada obligada para reponer provisiones.

Los residentes repelían toda intención de interactuar con nosotros. La mayoría simplemente apartaba el rostro, mientras los pocos que se dignaban a dirigirnos la mirada, lo hacían con el mismo desprecio que hubieran tenido al interactuar con un gusano enfermizo.

Sin perder demasiado el tiempo nos dirigimos al Monasterio. Mi compañero y yo andábamos algo corto de monedas, y aunque nunca tuve mucho aprecio por los hombres de fe, habitualmente necesitaban de un hombre de mis talentos. No fue nada fácil encontrar nuestro camino a través de las callejuelas sinuosas, algunas sin salida, que se mantenían casi en sombra perenne por los edificios que las delimitaban. 

El Monasterio se erguía sobrio, macizo, firme, pero… con una delicadeza increíble. Su fachada estaba decorada con dos mantícoras que representan el poder y la protección de Dmohn frente al dios pagano Ühr.

Al acercarnos, notábamos que algún tipo de incidente había ocurrido recientemente, dada la gran cantidad de guardias circulando sus alrededores, entrando y saliendo del recinto. Los lugareños que intentaban detenerse a observar eran detenidos por los soldados que rápidamente les indicaban que tomen distancia. Se trataba de un espectáculo sangriento, morboso, y despiadado. El cuerpo de uno de los monjes yacía desgarrado en la entrada, y a juzgar por el aroma a muerte que salía del interior de la capilla, seguramente había muchos otros cadáveres en su interior.

Es difícil explicar el estado de animo que me dominó luego de esta revelación, tan antinatural e insensata como grotesca y horripilante. Mi cuerpo se vio invadido por una mezcla de inquietud, agitación y temor acompañado por una repugnante sensación de picazón, sobre todo en mi brazo derecho, que detono una insoportable necesidad de rascarme continuamente.

La epidemia despertó en el silencio, sin miedo, sin motivo, ausente.

No sé en que momento nos separamos, pero Chamah no estaba a mi lado cuando uno de los Guardias me tomó con rudeza del brazo para interrogarme sobre el incidente, algo que es muy frecuente en mi oficio, pero esta vez no podía controlarme como normalmente lo haría, mis respuestas fueron algo abruptas y agresivas, el guardia no se mostró muy a gusto con mi presencia y me indicó que siguiera con mi camino.

Mientras tomaba distancia pude escuchar a los guardias discutir entre ellos,  sospechaban que el ataque fue causado por un troll o un oso muy grande, pero yo sabia lo que realmente había ocurrido, ciertamente yo sabia y… ¿Ellos sabían?. Sus miradas acusadoras, sus comentarios en susurros. Me perseguían y amenazaban. Debía escapar pero sin levantar sospechas. El mejor plan era buscar una posada para pasar la noche y partir en la primer hora del día siguiente, dado que nada bueno resultaría de discutir con nadie sobre lo ocurrido en la aldea, y mucho menos mencionar nada sobre mi sueño.

De camino a la hostería, no pude evitar notar la sensación de que alguien, o algo, me seguía los pasos de cerca. Quizás uno de los Guardias había decidido que era demasiada coincidencia que lleguemos al pueblo el mismo día del incidente, o tal vez se trataba algún residente con muy poca simpatía con los forasteros. La verdad que no quería admitir, es que en lo profundo de mi alma no podía dejar de pensar, que quien seguía mis pasos era la Oscura Bestia, aun hambrienta, aun peligrosa.

Las escasas condiciones sanitarias de la Posada de las Hermanas Grimm no parecían ser mucho mejor opción que simplemente dormir en la intemperie, pero no quería levantar sospechas, tenia que mostrarme lo mas ordinario posible, como un simple mercader de paso.

Pedí específicamente que me den el cuarto mas alejado de los animales domésticos, por lo que me ofrecieron un cuarto en el segundo piso. Pagué mi moneda de oro y subí tras la dueña del recinto por gastadas escaleras. Luego recorrimos un pasillo sucio y abandonado para llegar a mi habitación. Un tétrico cubículo con una pequeña ventana y un mobiliario mohoso y en mal estado. La ventana daba a una calle sin luz, rodeada de edificios estériles, por donde podía ver pasar algún que otro ocasional transeúnte. 

Mi mente no dejaba de jugarme malas pasadas: Imágenes recurrentes de monjes descuartizados, ideas paranoicas donde la gente del pueblo me ataba a un gran mástil para incinerar mi cuerpo y la fastidiosa picazón en mi brazo derecho que no me permitía parar de rascarme.

Cayó el ocaso, nos visitó un fría y tenebrosa noche. Encendí la única luz. Una vela deteriorada que reposaba a un costado de una pequeña mesa astillada, me pareció conveniente mantener la imaginación ocupada en ideas sensatas. Tomé uno de mis libros de viaje con la intención de distraer mi delirio con algo de lectura ligera. No quería darle mas vueltas a la extraña serie de sucesos que había vivido en las últimas horas.

Decidido a continuar la lectura hasta que entrara el sueño. Continue en vela durante algunas horas y el sueño no venia. Cuando me detuve a meditar en mis pensamientos, note que inconscientemente estaba nervioso, alarmado, con el oido muy atento, a la espera de algún ruido que me desataría un terror incalculable. 

Con manos temblorosas intente inútilmente reanudar la lectura cuando me pareció oír el crujir de las tablones del pasillo. No se oían voces, pero esos ruidos me dieron la sensación de un no se que furtivo. Eso no me gustó para nada. La masacre del monasterio había agitado a todos los habitantes del pueblo, y era indudable que gran parte de la atención estaba puesta en mi inesperada visita.

La fragancia de la corrupción asistía a la demencia.

Un sinfín de pensamientos nefastos asaltaron mi mente. Comencé a agitar y a elevar mi frecuencia cardiaca. Una corrupción innombrable acechaba y sabia donde encontrarme. Mi respiración se detuvo casi completamente cuando escuché dos personas murmurando del otro lado de mi puerta. Sonaban como ladridos ásperos y chillidos mal articulados, sin ningún tipo de relación con los dialectos conocidos y, aunque no podía entender ni una sola palabra, claramente estaban discutiendo. 

¿Podría ser la bestia que me buscaba para terminar el trabajo? ¿Estaba seguro de que había sólo un monstruo en este pueblo? 

Pude sentir como el olor a muerte y descomposición se filtraba por debajo de la puerta mientras la cerraba con llave. Me creí a salvo por un instante antes de sentir que eso no iba a ser suficiente, y procedí a crear una barricada con la cama. “Solo una noche… Necesito sobrevivir una sola noche y abandonar este maldito pueblo para siempre”. Me repetía a mi mismo mientras continuaba rascándome con temblorosas manos.

En ese momento, descubrí horrorizado que intentaban abrir la puerta desde el pasillo que por suerte acababa de cerrar. Sin tiempo a terminar de dar un suspiro de alivio, escuché sus pasos en dirección al cuarto del lado, donde note por primera vez espantado que había una puerta comunicando ambas habitaciones. A toda velocidad levante uno de los muebles con una fuerza que me sorprendió y bloquee la segunda puerta momentos antes de que intentaran abrirla. Un fuerte chillido de frustración marco el último intento. 

Un zumbido muy leve fue aumentando en intensidad hasta cubrirlo todo, me dejó completamente sordo a lo que sucedía fuera de mi habitación. Me escondí entre sabanas en un rincón, podía sentir mi estomago retorcerse entre nauseas mientras mi cabeza giraba fuera de control.

El hedor a putrefacción se hizo mas opresivo invadiendo el dormitorio al punto que me vi obligado a abrir la ventana, momento en el que el zumbido se detuvo. Desde ahí pude ver una muchedumbre rodeando la posada. Algunos llevaban antorchas, otros cargaban armas improvisadas. Los acompañaba un salvaje griterío de gruñidos y aullidos, sin el menor asomo de lenguaje coherente.

Mi atención fue raptada por una serie de golpes violentos en la puerta principal, los agresores habían conseguido algún tipo de objeto contundente, y lo estaban utilizando como un ariete. Lentamente, la cama que aun sostenía la puerta, comenzó a ceder a los golpazos. Apreté mi cuerpo contra una de las esquinas mientras intentaba idear algún plan de escape. Quizás podría esperar a que derriben la puerta y abrirme paso a la fuerza, o intentar saltar por la ventana y utilizar los cuerpos del tumulto para reducir el impacto. 

La insufrible picazón continuaba sin descanso obligándome a rascarme con tanta energía que finalmente acabe por lastimarme y notar que por debajo de piel y sangre tenia escamas negras…

La clave de la liberación en un destino fatal.

Mi mano comenzó a desfigurarse mientras mis dedos simplemente caían al suelo, el resto de mi brazo tomó la forma de un tentáculo con espinas, al mismo tiempo que sentí como mi boca se rajaba dolorosamente mientras cientos de afilados dientes brotaban repugnantes en mis encías. Mis dos piernas se retorcieron y acalambraron. No pude evitar gritar eufórico cuando huesos deformes comenzaron a brotar de mis muslos formando nutridos apéndices, similares a las patas de un artrópodo.

La puerta se abrió con un bruto golpe… un grupo de individuos con picos y palas entraron a la habitación, Criaturas que alguna vez recordaba como algo humano. Ciertamente no importaba demasiado, estaba muy hambriento y la cena acababa de cruzar mi puerta.